Fragmento:
4. Boceto de una mujer desnuda

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El hombre vestido de saco que camina a este lado de la calle soy yo, (en los tiempos que me pavoneaba como abogado del Estado), al otro lado va ella, igual de indiferente que muchas de las gentes que caminan a esas horas, las ocho de la mañana.

Su espalda ancha termina en un par de nalgas redondas y repletas de pequeños cráteres de celulitis, su pelo es muy negro, arrastra un trozo de tela que sostiene con una de sus manos, no lleva puesta ni una sola prenda de vestir y dado que esta es una ciudad caliente, es comprensible el menudo problema del tráfico al momento que ella atravesaba las calles con aquel semblante de mirada contra el gobierno.

Me pareció extraño que una mujer pudiese caminar desnuda por el centro de la ciudad de Santa Ana con la mayor de las frescuras y que, al parecer, no a muchos les importara un pepino. Salvo un par de hombres que venían en su misma dirección y que con sesgo morboso dirigieron sus ojos a su pubis, nadie la vio siquiera.
Tuve inquietud por ver hacia dónde se dirigía, pero era muy tarde, esa misma mañana debía entrar a un tribunal de sentencia para acusar a una banda de asaltadores, mi primer juicio como fiscal, y además no había podido terminar de hacer el maldito nudo de mi corbata.

El caso no era complicado, pero el expediente era grueso, unas tres mil páginas que apenas había podido ojear. Las pruebas podrían considerarse contundentes, si es que estuviéramos en un tribunal anglosajón, y si el acusado fuese además un negro de Bronx, pobre y con un récord delincuencial como para hacer un directorio telefónico de víctimas. Tenía a mi favor dos armas de guerra, un arma corta y una escopeta de fabricación artesanal, dos docenas de balas, gorros pasamontañas, y una caja de cartón con una variedad de objetos que los bandidos habían quitado a media docena de familias en una sola noche. Además un listado de víctimas lo suficientemente grande como para darse cuenta que los tipos habían estado el año anterior asaltando las casas de al menos tres pequeños poblados. La policía decía en sus informes que se trataba de una banda bien organizada, pero las conclusiones que yo pude sacar es que más bien eran un grupo de bandoleros desorganizados, que anduvieran juntos y armados no significaba que fueran ordenados y con planes bien hechos, todas las denuncias, de los nueve casos por los que íbamos esa vez a juicio, decían lo mismo: que llegaban después de las diez de la noche, obligaban a sus víctimas a abrir las puertas y luego vaciaban sus casa y se marchaban a la siguiente casa, siempre llevaban una botella de cerveza en las manos y al menos la mitad se iban cayendo de borrachos, y pues cuando comenzaba a amanecer se iba cada quien por su lado y se volvían a encontrar la siguiente noche por casualidad.

La vez que fueron capturados se pasaron de copas y se quedaron dormidos en el patio de una de las casas de las víctimas, de ahí los levantó la policía, no sin antes haberles hecho al menos unas doscientas fotos en aquella pose inofensiva donde lo único que podía asustar eran sus ronquidos. Más de una hora estuvo la policía sobre ellos, les quitó las armas, el botín, y aún el detective a cargo terminó las actas de captura, les vaciaron los bolsillos y les quitaron sus documentos de identidad. Despertaron cuando el jefe policial ordenó salir de ahí.

Pues como lo ven, un caso lleno de fotos con un puñado de desarrapados bandoleros que se han quedado dormidos al lado de sus armas, con los objetos robados y en el patio de una casa de las víctimas es un caso que no merece ni siquiera leerse tanto, pero como en nuestra cultura jurídica hemos aprendido a imitar lo peor de la vieja Europa y de manera obscena, un pelo puede salvar al más grande de los villanos, aunque tenga bajo la almohada la cabeza de la víctima.

Lo cierto es que me esperaba un largo y tedioso día con más de treinta testigos, y que por tanto sabía bien que el juicio duraría al menos tres días. Aún así esa mujer desnuda me sacó de la frecuencia. Anoté en una libreta la calle donde la vi doblar, la fecha y la hora que marcaban las agujas del viejo reloj del ayuntamiento, un aparato que después supe estaba arruinado desde la época en que el relojero que subía cada semana a repararlo, murió atropellado por el auto deportivo de un niño rico, de esos que suelen bañarse con lejía y les gusta matar gatos con los tubos de sus autos.

La mayoría de testigos llegó antes de las nueve, al igual los acusados, media docena de abogados particulares que me miraban con lástima y de vez en cuando sonreían morbosamente, con sus mancuernas doradas y sus gruesas cadenas de oro grotescos. En una o dos ocasiones obligaron a que me viera el nudo torcido de la corbata. Mi aspecto no muy arreglado y mi inusual manera de hablar (lo hacía como si estuviese dando una conferencia de literatura), les hizo pensar que yo y todo ese horrible aparato de la justicia terrenal, con sus policías corruptos y sus jueces anémicos pues no servirían de mucho para condenar a sus defendidos.

Los interrogatorios no fueron muy complicados en horas de la mañana, pero no me vi muy bien pues ni uno solo de ellos aportó algo de importancia, no sabía si se debía a un mal trabajo de la policía o alguien me estaba timando pues hay algo que estaba a punto de omitir: el caso me fue entregado dos días antes sin que me hubiera dado tiempo de conocer ni uno solo de los testigos. Y una cosa como esa es un suicidio en el proceso penal, aunque en nuestro país sea una costumbre extraordinaria para las estadísticas del fracaso y la mediocridad de la fiscalía. A las cuatro fue suspendido el juicio y convocado para el día siguiente. Salí de ahí técnicamente derrotado, pues no había aportado ni una sola prueba en contra de “los dormilones”.

La segunda vez que vi a esa mujer venía en mi dirección, igual de fresca, los vellos de su pubis eran muy negros y abundantes, sus piernas gruesas y el vientre levemente abultado hicieron que casi me detuviera. Su rostro era de color canela, muy joven, quizá unos veintidós años, a pesar de su aura de locura aún conservaba un rastro de niña tímida.

Aunque intenté buscar su mirada, no logré encontrarla, ella tenía el rostro erguido hacia el poniente, sus ojos negros apenas me dejaron encontrar un semblante de locura, que es lo que a cualquiera se le puede ocurrir cuando ve una mujer desnuda en plena calle, andando como si fuese de su cuarto al baño, además de arrastrar un pedazo de sábana o toalla, o no sé.

Vaya, que veas una a una mujer desnuda en la vía pública puede resultarte normal, de vez en cuando se escapa un loco del hospital o alguien protesta contra el alza de los impuestos, y sabido es que las ropas de los cuerdos no son precisamente las de sus gustos, pero si comienzas a encontrarla todas las mañanas y las tardes de la semana, la cosa como que cambia de perspectiva.

El maldito abogado y el novelista, que yacen en el mismo hombre, se dan a la tarea de perseguir a la mujer desnuda, una o dos cuadras, probablemente más. Debo admitir que en algunas ocasiones me detuve y doblé pues la persecución podría parecer una cosa distinta a lo que en verdad era: una mera actitud neurótica, obsesiva, pendenciera en el orden literario.

Después de recoger algunas frutas podridas del mercado o de recibir una manta de una buena mujer, que con buen gesto la cubría, seguía el camino, no sin antes, a pocos metros, dejar tirada la prenda que le había sido puesta sobre sus espaldas.

Ese fue el otro hecho que me capturó por dentro: muchas mujeres le salían al paso para cubrirla, para darle un viejo vestido, aunque ella siempre se las quitaba del cuerpo a la vuelta de la esquina y las tiraba o las llevaba arrastrando.
La primera vez que estuvo frente a mí, unos pocos segundos, pude observar una larga y fea cicatriz que le partía el abdomen y subía hacia el tórax.

Al ver que entraba a barrios y tugurios donde se movían mafiosos y borrachos de la ciudad, me di cuenta que allí era abusada sexualmente mientras su mirada apenas se detenía en una vieja lámpara del alumbrado público que pispileaba a una cuadra de ahí.

Cómo era posible que algo así sucediera en una ciudad sin que a nadie pareciera importarle, y con una “virgen” tan fea como patrona de una de las ciudades más conservadoras del país. Estaba seguro de que aquello no era imaginario, que no lo estaba inventado, era tal y cual lo describo aquí (al menos eso creo).

Y claro, llegué tarde al segundo día de juicio, casi una hora después, sudado, con el nudo de la corbata a la altura del estómago. Me enfrenté primero a las sonrisas irónicas de los abogados defensores y momentos después al regaño inclemente de los jueces que precedían el juicio, pues por si ustedes no lo saben, en nuestro país no juzga un solo juez sino tres pues es obvio que la desconfianza por lo ratas que somos a la hora de entrometernos en la vida de los demás, es preferible a que antes se peleen tres a solas por no ponerse de acuerdo, y por supuesto es más difícil sobornarlos a todos que a uno. Pues no hubo motivos legales de mi parte que justificaran mi tardanza. Me tragué la amonestación verbal y así sudado y con mal aliento comencé a interrogar a aquellos testigos que se me desfiguraban en sus sillas, sus voces me parecían chorros de burbujas, sonidos incomprensibles, y así me devané como pude y logré levantarme de mis cenizas.

Al menos ese día tres testigos lograron contar bien los hechos. Logré sacarles a cucharadas un buen cúmulo de datos que pusieron en apuros a los acusados y a sus abogados. Así se nos fue el día entre caras nerviosas y objeciones. Esa misma tarde renuncié a la mitad de testigos, actitud que sorprendió a los abogados defensores.

Una noche que estaba de turno en mi trabajo como fiscal sin rostro, hubo un hecho que me salvó de caer en la decidía: una mujer había roto de una pedrada los vidrios del parabrisas de un auto, la policía le había dado captura inmediata. En el reporte policial no se mencionaba nombre, sólo su edad aproximada, pero el detalle que me hizo saltar de la silla fue que la mujer atacante andaba sin ropas.

Tomé las dos hojas de que hasta ese momento constaba el expediente y corrí como loco hacia la delegación policial. Eran las dos de la mañana, varios carros patrullas estaban estacionados en la entrada, tres agentes hacían su turno y en la primera habitación sólo estaba el agente de guardia.

Después de identificarme me dirigí hacia las bartolinas. Ella estaba fuera del resto de las mujeres detenidas la noche anterior. El agente que había recibido el caso se levantó de su catre no muy contento, pues lo había sacado de su momento de descanso.

El asunto no era nuevo para él, quién no conocía a esa loca que caminaba desnuda por ahí. Cómo podía interesarme en algo tan insignificante mientras en el país los secuestros y las bandas de asaltadores tenían a la gente en el paroxismo del miedo.

Me informó que algunos vecinos del lugar donde había sido capturada aseguraban que su padre vivía al norte de la ciudad. Ordené al policía que fuésemos de inmediato a buscar al supuesto hombre.

Es obvio que a los policías no les gusta recibir órdenes de un abogado, y menos si las órdenes parecen alocadas, pero con todo y la inconformidad del susodicho yo tenía conmigo una Constitución de bolsillo y ni modo, llegamos a una vieja estación de ferrocarril casi a las cuatro de la madrugada.

El tren no pasaba por el lugar desde hacía muchos años, los durmientes podridos o escondidos por la tierra y la hierba parecían cansados de sostener los rieles viejos y enmohecidos.

Debíamos esperar a que comenzara a amanecer para preguntar a alguien por el padre de una mujer loca que caminaba desnuda por la ciudad. Algo estúpido, no.

Aunque no sabíamos su nombre ni nada de nada, es fácil deducir que sólo una mujer caminaba desnuda por la ciudad, y que por tanto, los vecinos del supuesto padre le conocerían. Una apreciación no tan científica pero valedera.
Y así fue. A la primera persona que logramos abordar, una mujer que sostenía en su cabeza un canasto lleno de fresas podridas, nos dijo que él vivía a tres cuadras de ahí.

Era una casa de madera, al menos por el frente. La puerta de dos alas tenía una vieja argolla que servía para llamar. Ninguno de los dos la usamos, preferimos gritar un buenos días, que en la boca del policía sonó a amenaza.
Después de un chillido de la puerta salió un hombre de cabeza de cabellos blancos, ojos tristes y voz de mansedumbre, nos vio con resignación cristiana antes de decir, para mi entera satisfacción: Es mi hija.
Bien entrada la mañana salimos de la casa del padre de la mujer desnuda, con la sensación loca, al menos en mi caso, de que las ruedas del tren rodaban a nuestras espaldas y que nos iban a destripar un día no muy lejano.